lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuando todo haya terminado

Para resistir las vueltas que improvisa el destino el remedio más eficaz siempre fue clavar la mirada en un punto fijo. Lo difícil es encontrar uno cuando todo se mueve tan deprisa que hasta el viento esculpe una espiral que engulle la luz que solía desfilar a tu alrededor. Pero no hay fuente de energía eterna, ni tormenta que dure toda una noche, por lo que lo mejor podría ser acostarse y que alguien te despierte cuando todo haya terminado.

Los astronautas son criaturas privilegiadas capaces de descubrir el guiño que la Estrella Polar dibuja después de haber girado varias veces alrededor de su propia sombra. Ellos son los que en la gallinita ciega tardaban un instante en tocar con los dedos a la voz más insensata que decía da tres vueltas y lo encontrarás. Son los que salían del Enterprise en el Parque de Atracciones como si lo hicieran de un ascensor, o los que llegan a la salida del Ikea sin desgastar lo más mínimo las suelas de sus zapatos o despilfarrar una buena dosis de su paciencia.

Si a cualquier vulgar criatura nos pusieran a buscar la aguja y el dedal después de haber sido arrastrados por las vueltas que improvisa el destino, nos costaría media eternidad encontrar las voces sin caer al suelo. Y otra media eternidad, si cabe, el acostumbrarnos de nuevo a la luz después de quitarnos el pañuelo, y así dejar de ver sombras donde sólo había destellos o destellos donde sólo había sombras.

Y en medio de tanta vuelta, el verano se lanzó al aire como una lupa con cara y cruz para quedar a merced del sol impenitente.

Unos veranos pasan de puntillas a los ojos de tu diario, y anotas algo, más para asegurarte que no se secó la tinta de la pluma que por el hecho de que sea realmente memorable. Otros, son tsunamis disfrazados de olas de calor que se llevan por delante todo lo que supuestamente estaba bien amarrado a puerto, y dejan el salvavidas tan lejos que sólo te quedan ganas de dormir y esperar que alguien te despierte cuando todo haya terminado.

Veranos que son niños caprichosos que lo quieren todo y lo quieren ya, como si no hubiera un mañana para disfrutar de los juguetes, porque temen que llegue el hombre del saco y se los lleve a ellos o a los juguetes, aunque los unos sin los otros no tengan razón de ser. Son estrellas que quieren ser el centro del universo y conseguir que todos los planetas dancen al ritmo de su son aunque pertenezcan a un sol distinto. Son imanes mórbidos que te dejan exhausto después de intentar sin recompensa separarte de su influencia hasta que finalmente quedas rendido a su atracción.

En el verano emprendiste un camino inexplorado, y antes de ser iniciado sabías que en algún momento lo devolvería todo a su sitio, aunque su sitio pudiera no ser el mismo que ocupaba antes.

Pero te das cuenta que la vida no cambia tanto. Igual que la piel de la tierra cuando se observa con poco tiempo de diferencia. Ese poco tiempo en el que los volcanes extinguidos son incapaces de latir de nuevo. Ese poco tiempo en el que los volcanes con sangre en las venas no paran de arrojarla hacia fuera. Y ese poco tiempo en el que los volcanes que esperaban durmiendo seguirán condenados a su sueño, quizás de manera perpetua.

Después de alguna carrera en la que el corazón galopaba a 170 y te ordenó parar, pasear ahora con un corazón a 70 y no dejarle trotar a más de 150 te hace creer que estás parado y no está pasando nada. Y en realidad lo que pasa es la vida, a su ritmo y a su compás. Pero la vida, más que pasar, sucede. Y quizás lo que te atormenta es presentir y negarte a presenciar cómo el pulso desfallecerá cuando llegue septiembre. Pero siempre podrás dormir y esperar que alguien te despierte cuando haya terminado.

Cuando todo vuelva a su equilibrio, sentarse delante de la ventana podrá parecer una rutina. Y rebuscar entre las fuentes de inspiración será una tarea delirante cuando quieras decir algo y no aparezca delante ningún sendero, ninguna corriente de agua que te lleve río abajo hacia tus conclusiones. Ya estarás demasiado lejos para salirte del camino y adentrarte en lo que sabrías que tiene un principio, pero no sabrías si tiene un final.

Sin embargo te das cuenta que también eres una criatura privilegiada, que por muchas vueltas que haya improvisado el destino siempre podrás señalar dónde queda el Este tras el primer desperezo de la mañana. Y también tienes la suerte de tu parte porque aunque fallaras alguna vez, la máquina de bolos volverá a colocarlos todos juntos para darte de nuevo la oportunidad de hacerle un strike a tus temores.

A su cita siempre llega septiembre, puntual y ajeno a las plegarias que todo el mundo hace para retrasar su venida. Pero en éste nadie te obligará a jugar todas las partidas de bolos. En éste nadie te obligará a arrancarle todas las hojas a su calendario. Esta vez podrás elegir quedarte en la cama y decidir que alguien te despierte cuando septiembre haya terminado.





jueves, 1 de agosto de 2013

Sólido, líquido, gas. Vuelta a empezar

Reflexión sobre la química de un sueño cumplido...

El misterio es saber de dónde nace un sueño, ¿del vacío silencioso en vigilia de la nada o de la tierra fértil en espera ser cultivada para devolver a las manos agrietadas el fruto de su trabajo? Nadie lo sabe, pero un día el sueño llega por correo certificado, disfrazado de paquete sorpresa, sólido e inerte, esperando a que le cortes el cordón umbilical y así empezar a respirar por sí solo con ritmo díscolo y desenfrenado.

Y mientras te decides a cumplirlo, el sueño permanece ahí, inmóvil y sólido, paciente pero presente, ocupando un lugar que ningún otro paquete sorpresa podrá ocupar. Porque mientras sea un sueño, mientras sea tu sueño, le pertenece su lugar en tu estantería.

Sólido, como el sentimiento sólo sentido, sólo pensado, jamás contado y ni mucho menos expresado. Tan sólido que lo puedes tocar con las manos y sostener, y controlar, y ocultar, y decidir qué hacer con él.

Pero un día te levantas y decides sacar al sueño de tu estantería, y desempolvarlo. Sabe Dios cuánto tiempo llevaba ahí, callado por fuera aunque murmurando por dentro, reclamando una decisión sobre su destino, para bien o para mal, porque todos los sueños no son tan dichosos de tener el campo abierto para corretear.

Y decides poner a rodar a tu sueño, y lo que antes era sólido, inmóvil e inerte, se ha convertido en un líquido travieso que se te cuela entre las piezas de un puzle que estaba completamente encajado. Pero aún así puedes dirigirlo y vigilarlo, llevarlo por caminos apropiados para que no se escape ni una sola gota de la esencia que lo hizo nacer del vacío silencioso o de la tierra fértil en espera de ser cultivada.

No sabes lo largo que puede ser el camino. Ni sabes si te llegarán las fuerzas para completarlo. Ni siquiera sabes si realmente hay un camino para llevar a tu sueño, sueño líquido, vivo e inquieto al lugar que un día le dijiste que sería su ansiado paraíso. Pero eso no importa. Es tu sueño, y si la niebla cierra tu camino o la luna nueva se despierta otra vez traviesa por la noche, te abres paso entre una incertidumbre que en ciertas ocasiones se pone a jugar a tu favor.

Líquido, como el sentimiento sólo contado, sólo escuchado, jamás demostrado y ni mucho menos concebido. Tan líquido que aunque lo quieres mantener entre tus manos, tiene tantas ganas de escapar y tantos huecos para hacerlo que es un desafío mantenerlo unido para evitar que sea libre del todo.

Luchabas tan fuerte que realmente olvidaste cuánto quedaba para la meta. Subiste al lugar sagrado donde las palabras se escuchan de cara y el vértigo te privó de disfrutar del instante, porque creíste que ese instante no te pertenecía. Y atravesaste la meta a tanta velocidad que no gozaste del éxtasis del ganador que con brazos extendidos abraza su victoria. Y lo que antes era líquido, vivo e inquieto, se convirtió en una nube de gas, como la que dejan los magos justo después de haber realizado su último truco. Y ya no puedes ni tocarlo si sujetarlo, ni dirigirlo ni vigilarlo, porque el sueño, ya cumplido, ha pasado a un estado que nunca sabrás si es real o ficticio, aunque habrá dejado tras de sí una estela inolvidable.

Y después de comprobar que no ya queda nada en la habitación y bajar la persiana, apagas la luz y miras hacia atrás para añorar lo que nunca tuviste, y recordar lo que ya no puedes distinguir entre la obstinada oscuridad. Tienes que tirar de la puerta con firmeza porque el vacío se resiste a quedar encerrado y vivir entre paredes de olvido, únicamente ocupadas por sueños cumplidos que en forma de gas tratarán de escapar de entre sus ladrillos.

Gas, como el sentimiento sentido, pensado, contado y demostrado. Y concebido en la fusión de dos voluntades que saben lo que hacen, y hacen lo que saben. Tan gaseoso que sólo podrá ser percibido, pero nunca más tocado o sostenido, controlado u ocultado, dirigido o vigilado.

El día después de cumplir un sueño no resulta fácil fijar la mirada en algún punto del paisaje, porque el horizonte mismo se ha retorcido para coger una nueva postura, y con él ha arrastrado todo lo que tenía por encima y por debajo. El día después crees que le has dado la vuelta al reloj de arena y te das cuenta que lo que ha volteado es la propia mesa que lo sostenía.

Vuelta a empezar. Con el vacío silencioso o con la tierra fértil en espera de ser cultivada. Sin un sueño, o con tantos que no distingues la diferencia. Quizás sea un buen momento para cambiar y, como dice alguien a quien guardo en un lugar privilegiado, ser feliz haciendo aquello que te haga sentir bien a ti mismo.

Una buena manera de empezar es practicando aquello de "aprovechar el momento", o para que quede más retórico, practicando el "Carpe Diem". Y ya que ahora voy a estar otro lado del charco, lo voy a practicar en inglés: "Seize the day".









jueves, 16 de mayo de 2013

Luna nueva


Quizás el camino se encuentre en Google.

No hace falta más que acercar las palabras “Luna nueva” a la sabuesa nariz de Google para que empiece a mover la colita. Y como si ésta fuera la hélice que impulsa su instinto, se dirige con ladridos digitales, a veces más humanos que muchas voces del mundo real, hacia una madriguera repleta de resultados deseados y no deseados, rebuscando nuevamente en la realidad que nos ha tocado vivir.

En esta ocasión me van a tener que disculpar los seguidores de la saga Crepúsculo, porque en la búsqueda de la luna nueva no se encuentra nada que tenga que ver con las aventuras de la bella Bella. Todo esto sin ocultar mi sorpresa al comprobar que es una saga que ha atraído a jóvenes, adultos y algo-más-que-adultos, cada uno poniendo sus excusas para sentarse delante de la pantalla, excusas que en su gran mayoría son tan irracionales como las que ponemos después de habernos llevado a la boca una onza de chocolate.

En esa búsqueda tampoco se van reflejar los aficionados, entendidos y profesionales de la astrología. Cierto es que me gustaría preguntarles si existe una enigmática relación entre las fases lunares, los signos del zodiaco y las palabras que se vierten sin filtro alguno desde las fauces de una clase política que únicamente está preocupada por mantener su estatus inalterado. Pero eso formará parte de otra cruzada, que tiempo habrá para ello.

Y aunque pueda resultar extraño, la búsqueda no me ha hecho retroceder más de 40 años atrás en el tiempo para recordar al legendario Neil Armstrong dando sus primeros pasos en una luna tan nueva para la Humanidad como antigua para la Tierra. En esa luna nueva, como en tantas cosas que hacemos los humanos, nos dejamos el alma con la única ambición de pisar primero y dejar huella, para luego, después, no hacer nada.

Pero no siempre aparece la luz que estamos buscando. Nos hemos colocado tantas de veces delante de la página principal de Google con una idea clara de lo que buscábamos, que nos frustramos cuando no tenemos la fortuna que creemos merecer para dar con la combinación perfecta de palabras que nos guíen en la oscuridad hacia nuestra anhelada pista de aterrizaje.

No, el camino no está en Google.

Para una ilusión frágil y desconfiada no es bueno comprobar cómo pasan los días y la luna se divierte y juega. Tan pronto emerge sonriendo en compañía de la noche, como se cruza en mitad del día pasando de puntillas por delante de nuestra terraza. Tan pronto se agiganta en la malvada frontera que separa al cielo del suelo, como pretende confundirse entre las estrellas anónimas del firmamento.

Mas, cuando no aparece, la esperanza se envenena. Ni aun sacudiendo los cuatro puntos cardinales hay rastro de su presencia. Ni siquiera se asoma poniendo tierra de por medio con una ciudad cuyas luces nos quieren hacer creer cruelmente que la hemos encontrado. Tampoco sirve de nada repetir el ritual que nos condujo hacia su guarida la última vez que la vimos mostrarse.

Ya casi no recuerdo cuándo fue la última vez que me devolvió la mirada, detrás de su velo de misterio, sonriendo con mejillas infantiles y ojos de dibujos animados. No hace tanto tiempo, pero casi no lo recuerdo.

Y no sé cómo lo hace, pero siempre me termina sorprendiendo. Continuamente estuvo ahí, y aun en la oscuridad, nunca dejó de mirarme, silenciosa y prudente, cuidando de no cegarme cuando lo fácil habría sido lo contrario. Enseñándome que en la lucha por encontrar las palabras que perfilan a un sueño se halla el camino que lo hará realidad.

Con una única cara nos regala infinitas vistas. Y aunque no alcances a verla, siempre estará mirando una luna nueva.



miércoles, 12 de diciembre de 2012

De usar y tirar


Cuando el comercial nos detiene por la calle para mostrarnos el último producto de su compañía o cuando se acerca el momento de ejercer nuestro derecho como ciudadanos; tanto en las relaciones personales como en el ámbito del trabajo; al tropezar con un espejito que nos devuelve la imagen que nos agrada ver. De una forma o de otra, constantemente estamos siendo utilizados, pero algunas veces el vacío que queda cuando descubrimos que fuimos simples objetos de usar y tirar nos empuja a inventar una nueva versión de nosotros mismos.

Más de una vez habremos sonreído al escuchar la famosa cita de Groucho Marx que decía “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”. Y seguramente hayamos conocido personas de nuestro entorno o reconocido personajes públicos cuyo leitmotiv no contemple otro argumento.

“Da igual, allá ellos”, murmuraremos. Allá ellos, sí, pero siempre y cuando en el mapa de sus principios no haya trazado un camino que atraviese sin permiso por medio de tus propiedades. Será entonces cuando nos sentiremos utilizados al descubrir que fuimos peones de planes ajenos, y no sabremos distinguir lo que somos por nosotros mismos de lo que somos por el capricho de otros. Será entonces cuando irrumpiremos en el mundo de las dudas sin haber sido invitados a la fiesta.

Forzando el equilibrio para no pisar la realidad, caminaremos por unos raíles para los que nuestros pies nunca fueron hábiles, pensando que fuimos diferentes, que algo nos hacía distintos al resto, que siempre fuimos elegidos porque nuestra mirada desprendía destellos que no se desprendían de la mirada del resto de viajeros.

Y con miedo a parpadear, nos adentraremos en un túnel de reflexión confiando en que el paisaje que nos acompañaba al entrar no se apagará de nuestra memoria al salir y seremos capaces de mantenerlo encendido. Aunque siempre se nos olvida que a nuestros ojos les cuesta acostumbrarse a la falta de oscuridad.

Y cuando la luz vuelva a dominar la ventana, el paisaje se tornará en sueño de vago recuerdo, en ilusión cuya esperanza de vida no podrá sostenerse en pie poco más que los primeros pasos del día, para descarrilar sin remedio en esa la realidad donde se amontonan los amasijos de unas certezas que jamás imaginaron ser precisamente eso, amasijos.

En alguna parcela de nuestra desconfianza tendremos que reconstruir esa realidad, y levantar desde la nada aquello que derribamos cuando descubrimos que no había sido fruto de nuestro esfuerzo. Y deberíamos saber hacerlo, porque el ser humano no ha hecho otra cosa desde que curiosamente se atribuye a sí mismo el estatus de civilización. El ser humano debería saber hacerlo, porque después de cada guerra siempre pone el máximo empeño para reconstruir todo aquello que poco antes destruía sin tregua.

En esa labor no nos corresponderá estar acompañados. Con la espalda dolorida de tanto peso y la mirada fijada en el suelo resistiendo la tortura, veremos el tintinear de pisadas de pétalos azules, que nos harán sonreír y sentir mejor, y hasta despertar a la imaginación de su letargo, pero no nos permitirán rebelarnos porque sabemos que en esta labor no nos corresponderá estar acompañados.

Nuestros sentidos, esta vez, no podrán ser aliados. En un mundo de retos estériles, salir victorioso de éste significará conseguir la más generosa de las recompensas.

No hay mejor escenario para ver la luz que la oscuridad. Así lo hizo un Monet prácticamente ciego cuando dedicó los últimos años de su vida a pintar la serie de “Los Nenúfares”, cada vez más abstractos y menos reconocibles a juicio de muchos entendidos, pero unánimemente catalogados como una serie cumbre y símbolo impresionista.



No hay mejor auditorio para escuchar la alegría que el silencio. Así lo hizo un Beethoven completamente sordo cuando compuso su novena sinfonía, cuyo extracto más conocido es la “Oda a la alegría”, una pieza a la que no se le puede hacer mejor homenaje que sencillamente ser escuchada.



Y nuestra voz, a fin de cuentas, será una de las pertenencias que tendremos que salvar, en todo momento, del pecado de usar y tirar.


miércoles, 4 de julio de 2012

Río abajo


Algunas noticias se convierten de manera inesperada en señuelos que no hacen más que enredar, y consiguen sonsacar lo que a la mente le ronda. Pero como tantas otras veces, sucede que la inspiración prefiere sentarse para ver sin compañía “La vida es bella” tras el cristal empapado de lluvia, en vez de ver “La vida de Brian” con la carcajada castigando la tripa.

Y es que las redes sociales son auténticas devoradoras de noticias. Son máquinas de vapor insaciables que transforman en movimiento mediático todo lo que se acerca a la caldera. Lo curioso del fenómeno es que hay noticias que desprenden una energía exagerada si la comparamos con el hecho que tienen detrás. Y “al verrés” (como diría un amigo mío), también hay noticias que se consumen como finos palos de cerrilla aunque los sucesos que revelan deberían estremecernos desde el primer instante en el que somos conscientes.

Pero ahora, pasado un tiempo, ya han madurado las brasas del fuego de algunas noticias, unas noticias que sin pretenderlo coincidieron en un pequeño intervalo de tiempo. Por eso, ahora, sirven mejor de señuelo para sonsacar lo que a la mente le ronda.

En el pensamiento de un niño corretean todas las ilusiones.

Cuando el río es delgado y joven, desafía las leyes y las fórmulas que una vez supimos aplicar de memoria. Unas veces hacia un lado, otras, hacia el otro. Subir una pendiente en el descenso natural del agua nunca fue un obstáculo para curiosear y regresar al camino sin perderse. Y proseguir, porque el camino inicial de un río delgado y joven casi siempre está escrito desde el primer hilillo de vida.

En el pensamiento de un adulto, aquel en que nos convertimos cuando creemos que podemos dar más consejos de los que debemos dejarnos dar, nos resulta difícil reconocer cuáles de las ilusiones que aún engordan nuestra almohada fueron dibujadas con la mano imperfecta de la niñez. A veces nos cuesta recordar tanto cómo queríamos ser de mayores, que creemos que llevamos demasiado tiempo sin cumplir ningún sueño.

Cuando el río se hace ancho no siempre elige el camino más corto entre dos ciudades. A veces termina rodeando con sus brazos sueños imposibles, trazando nudos de garganta que sólo se pueden deshacer volviendo al llanto del niño, tan delgado y tan joven como cuando desafiaba las leyes y las fórmulas que una vez supo aplicar de memoria.

Pero somos tan fugaces como eternos quisiéramos ser.

El río no sabe cuándo acabará el camino,
el río no sabe dónde volcará su carga,
el río no intuye que entre el valle y la montaña
encontrará la huella de su doble destino.

Así, tampoco evito pensar que en un viaje pueden existir dos destinos: ese al que queremos llegar, y ese del que cuando uno parte, nunca sabe si volverá a tocar.

Durante las tres horas y cuarenta y ocho minutos del último concierto en Madrid de “The Boss” hubo tiempo para el recuerdo de un joven que no pudo cumplir el sueño de ver a su ídolo sobre el escenario. Aunque quizás sí, quizás supo que estaba cumpliendo su sueño desde el preciso momento en que sus padres le regalaron las entradas. Y Bruce lo culminó dedicándole “The River”, aunque el joven estuviese presente de otra forma, como una gota de río en el océano.

Con verter una sola gota, el río seguirá siendo río en el océano. Culminando los sueños de los nuestros, conseguiremos que sean eternos. Y soñando, y jamás cesando de hacerlo, nosotros, también.

“The River”











martes, 5 de junio de 2012

Pensando en vosotros


Pensando en vosotros he recordado que hubo una canción de Guns N’ Roses que desafortunadamente no fue valorada como una de sus grandes canciones. Y la verdad es que lo tenía todo. Tenía frescura, tenía una letra pegadiza, tenía el esplendor de aquella voz tan endiabladamente inconfundible de Axl Rose y tenía un solo de guitarra que muchos creímos que firmaba el propio Slash, aunque en realidad no fuera así. En aquella canción, el solo de guitarra lo protagonizaba Izzy Stradlin, y no puedo evitar pensar lo que habría sucedido con ella si el solo hubiera sido firmado por el mismísimo Slash.

Pensando en vosotros recuerdo que, por tener, también tenía un título de los que difícilmente se olvidan. Puede que fuera un poco facilón, es verdad, pero habría resultado ser la guinda perfecta del pastel si a aquella canción le hubiera llegado el momento de gloria que nunca le ha llegado.

Me da rabia saber, pensando en vosotros, que la canción no podría haber disfrutado de un mejor momento para existir. Se hallaba en el álbum perfecto, quizás uno de los mejores álbumes de la historia del rock. Y ocupaba una posición perfecta, la octava, una posición que cualquier canción desearía ocupar en un disco, porque allí es cuando y donde se produce la fusión entre la emoción creciente de lo llevas escuchado y la expectativa de vibrar con lo que te queda por escuchar.

Pero pensando en vosotros, sin embargo, recuerdo que incluso las canciones olvidadas pueden disfrutar de las segundas oportunidades que el destino no les quiso conceder en el momento de ser alumbradas por sus autores.  Y si las canciones, siendo marionetas inertes en el baúl de lo olvidado, siempre pueden ser recuperadas y cobrar vida en bocas de antiguos o nuevos intérpretes, ¿por qué no lo pueden ser las personas que no pudieron subirse al tren que les correspondía coger?

No puedo dejar de pensar en vosotros, aquellos que encontrándoos en el álbum perfecto, en la posición perfecta, interpretados por el grupo perfecto en su momento perfecto, todavía no habéis encontrado la compensación que os corresponde por vuestro esfuerzo y que la sociedad os niega, aunque os la reconozca, pero sólo de puertas para adentro, por esta maldita crisis.

Jóvenes tan preparados que nos podrían estar dando capones en la cabeza. Jóvenes no tan preparados que han tenido que dejar de prepararse para sacar adelante a la familia, y no sólo a sus propios hijos. Personas con tanta experiencia que nos tendrían que estar dando lecciones de todo tipo y cuyo DNI murmura que vieron en directo por la tele cómo el Hombre pisaba por primera vez la Luna. Emprendedores sin los que este país no sería nada. La denominada "generación perdida". Madrileños por el mundo, Españoles por el mundo, Amigos por el mundo, .....

Lo cierto es que la posición novena del “Appetite for Destruction” estaba habitada por “Sweet Child o’ Mine”, una canción eterna, himno de no pocas generaciones y posiblemente la mejor canción de Guns N’ Roses. Tan enorme fue su leyenda y su apetito por la destrucción que engulló sin piedad la leyenda que por virtud de algún otro destino le correspondía a su predecesora, “Think About You”.

Sin embargo, aquí, pensando en vosotros, y solamente en vosotros, os la dejo y os la dedico:




sábado, 19 de mayo de 2012

Los errores se perdonan, pero...


Aquel 13 de octubre de 1992, un día después de clausurar con éxito la Expo’92, España se levantaba con una ración de crisis como opción única de desayuno. A palo seco, sin leche y sin zumo. Con lo mal que se comen las madalenas resecas cuando no tienes nada para mojarlas.  Nada se supo, ni un día, ni una semana, ni un mes, ni un año antes. Nadie habló de la crisis hasta que ya estábamos dentro de ella. Me recuerda a aquella historia de Gila que empezaba diciendo “cuando yo nací mi madre no estaba en casa”. Alguien cayó en el error de pensar que la influencia económica de la Expo y de los Juegos Olímpicos, sumada a la concentración de eventos de todo tipo que ocurrieron en el 92 nos iban a sacar de la crisis sin apenas notar que ni siquiera habíamos entrado. Los errores se perdonan, pero…

En los proyectos de TI, en general, ocurre lo mismo. Todo transcurre según dice la planificación hasta que alguien llega y se pone a revisar el avance real y los hitos que se han cumplido. Y de la noche a la mañana, pasamos de tener un proyecto que se encuentra en fechas a tener un proyecto que tiene que retrasarse un año. Y lo más curioso de todo, no suele ocurrir nada. Alguien cometió el error de creer que el retraso que se estaba acumulando a lo largo de las semanas se podría recuperar en el último mes del proyecto, y que los usuarios tragarían con cualquier cosa con tal de tener su producto en producción. Los errores se perdonan, pero…

Días antes de su hundimiento, las mismas agencias de calificación que hoy nos condicionan con sus predicciones, mantenían la AAA sobre Lehman Brothers, y de igual modo mantuvieron la misma calificación, hasta el mismo día de su quiebra, sobre el sistema financiero islandés. Algunos incurrieron en el error de imaginar que las pérdidas de los unos siempre se podrían compensar con las ganancias de los otros, como imaginó Madoff en una patada hacia delante que le duró 40 años. Los errores se perdonan, pero…

Y aunque nos sobren los ejemplos, errar es de humanos, como siempre se ha dicho. Sin embargo, lo que se exige no es que todo se consiga siempre a la primera, porque eso, sencillamente, a veces no es posible. Lo que se exige es que los errores que cometemos sean reconocidos a la primera, y no dejar que el error se haga más grande o sea tapado por otro de mayores dimensiones.

Porque cuando ocurre esto, ya no es error, es sorpresa. Y los errores se perdonan, pero las sorpresas no.

domingo, 22 de abril de 2012

Los peces ciegos


Pisamos con pies descalzos una realidad de finos cristales. Y corremos. Pero cuanto más corremos más se nos clavan los cristales y más ruido hacemos. Es tan difícil pasar  desapercibidos a los ojos y oídos del Gran Hermano!

Tan acostumbrados estamos a observar y ser observados que no nos detenemos a pensar que el cristal tras el que miramos sumado al sol a nuestra espalda es una mala combinación. Quizás no sepamos mirar de otra forma, o quizás no queramos.

Los niños juegan al fútbol apenas con 11 años mientras C+ retransmite esos juegos infantiles como si fueran campeonatos del mundo. Y hay quien dice “¡ese chaval va a ser una estrella!”, “¡y ese!, “¡y ese otro!”. Pero la realidad escondía un solo Iniesta entre toda la chavalería, y lo que extraña es que siga tan blanquito, y haya escapado al quemazón de haber sido tan vigilado.

Y ahora, en este país, nos encontramos muy vigilados, más que nunca, y cada uno de nuestros movimientos se sigue mirando con una lupa que hace que nos comportemos de forma diferente a como lo haríamos si no supiéramos que estamos siendo tan observados.

Desde hace algunos años muchos de los juicios interesados de La Comisión vienen acompañados de un aspaviento exagerado, para que se note que nos estamos moviendo. Y si Los Mercados comentan que vamos por el buen camino, nosotros nos lo creemos y seguimos representando la obra que quieren ver algunos desde sus palcos de la tercera o cuarta planta, allí donde el agua nunca llega.

En este país no podíamos seguir como estábamos, eso está claro. Viajábamos en tren de primera aunque fuera para ir a recoger a los niños al cole. No mirábamos la cuenta corriente porque no sentíamos la necesidad de mirarla. Y gastábamos, demasiado. No teníamos cultura de control ni de la contención del gasto.

Ahora nos toca plegar las velas, o de otro modo no podremos mantener la embarcación a flote, y nos iremos al fondo del océano, allí donde habitan los peces ciegos.

No tenemos otras alternativas y quizás ese sea el drama. Seguramente hay que tomar buena parte de todas las medidas que se están tomando ahora, porque no podíamos seguir como estábamos, eso está claro. Aunque también estoy seguro que si dejaran de observarnos con tanta intensidad conseguiríamos mantener la embarcación a flote, con los mismos tripulantes que tenemos ahora, y nunca nos hundiríamos en el lugar donde habitan los peces ciegos.

Durante muchos años se creyó que los peces que vivían en las profundidades de los océanos eran totalmente ciegos. Así se consideró tras decenas de misiones en las que se utilizaban potentes equipos para iluminar lo que el ser humano o su tecnología no eran capaces de observar.

Ocurría que aquellos peces, acostumbrados a vivir su vida aprovechando la escasísima luz que les llegaba, no eran ciegos, sino que así se quedaban después de ser expuestos a semejante potencia de luz que quemaba literalmente sus retinas.

sábado, 7 de abril de 2012

La prima de riesgo y el doctor House


En cualquier rincón del universo Internet podemos consultar lo que se dice de la prima de riesgo, cuando se trata de hablar economía: “es la diferencia entre la rentabilidad de la deuda pública de un país y la rentabilidad de la deuda pública de Alemania, para el mismo plazo”. Dicen que compara el riesgo de impago de la deuda de cualquier país y de Alemania. Así que cuanto más alta su prima de riesgo, más alta es la probabilidad de impago de la deuda de ese país…

Hasta ahí casi todos entendemos el objetivo del juego. Pero, ¿cuántos conocemos sus reglas?

Cuando hojeo mi sencillo “Manual de introducción al seguro” (aquel que compré cuando me dijeron que me asignaban un proyecto de seguros), lo que define sobre la prima de riesgo, relativa al seguro de vida es: “la parte de la prima destinada a cubrir exclusivamente la posibilidad de muerte del asegurado”.

Ahí ya nos vamos enterando de algo más, puesto que todos sabemos lo que es la prima que pagamos, también sabemos lo que es un seguro de vida, y sabemos, o eso nos imaginamos, lo que es la posibilidad de muerte del asegurado.

Y aunque hablemos de la muerte, no parece que nos sintamos tan manipulados. Nos importe más o menos, existen unas tablas de mortalidad elaboradas tras muchos años de estudio y observación de la población, y que reflejan la probabilidad que tiene una persona de morir, dependiendo de su edad, sexo, residencia y un etcétera no tan largo. Lo que no incorporan estas tablas es la influencia del doctor que va a supervisar tu caso cuando se trate de salvar tu vida.

Volviendo a la economía, ya llevamos unas cuantas temporadas sintonizando el mismo canal a la misma hora, para contemplar al doctor House unas veces empezando por el Lupus, otras veces aplicando antibióticos de amplio espectro y de vez en cuando sugiriendo el síndrome de Münchausen.

Eso sí, mientras el doctor House salta de enfermedad en enfermedad y ensaya y erra en su macro-laboratorio, la prima de riesgo del paciente se monta en el coche de Felipe Massa por unas calles de Montecarlo abrillantadas por la lluvia, y traza sobre el papel una sierra cuyos dientes ya los hubiera querido éste que os escribe antes de comenzar esta juvenil ortodoncia pasados los 35.

Nos hemos dado cuenta en estas temporadas que a House no le importa el enfermo, ni su familia, ni sus colegas de profesión, ni sus amigos, ni la mujer que ama. Sólo le importa alimentar su ego al descifrar el enigma, un enigma resuelto en la mayoría de los casos después de someter al paciente a innumerables tratamientos, no todos en la misma dirección y no todos legales. Un enigma resuelto en la mayoría de los casos pocos segundos antes de comenzar los títulos de crédito. Un enigma resuelto, en algunos casos, cuando ya no se puede hablar de la prima de riesgo, sino de la indemnización.

domingo, 1 de abril de 2012

Amnistía intelectual


En un país de derechas o de izquierdas, de Madrid o de Barça, de La Ser o de La Cope y de playa o de montaña, nadie nos va a convencer para sacarnos de nuestras trincheras y dejar de atacar o justificar todas las decisiones que se toman (y que se deberán seguir tomando) en esta larga travesía en el desierto que nos queda.

Pero, ¿qué decir de las decisiones que no se toman? Ahí no nos mojamos tanto, unas veces porque no nos gusta atravesar el charco sin saber lo profundo que es, y otras veces porque vamos tan abrigados y tan protegidos que ni siquiera sabemos que lo hemos atravesado.

Nos armamos de razones o buscamos el eslabón débil de las razones del contrario en el tema de la amnistía fiscal, cuando podríamos dedicar buena parte de nuestras energías en reclamarle a nuestros gobiernos – todos nuestros gobiernos – un plan para recuperar una parte del capital intelectual que ésta y otras crisis se han ido llevado poco a poco de nuestro país, de la misma forma que Tim Robbins se llevaba el cemento de su celda hasta el patio de la prisión en “Cadena Perpetua”.

Y Tim Robbins escavó un túnel que le ayudó a salir de la prisión.

Ahora nos toca decidir si queremos seguir siendo la prisión que se vio burlada por la inteligencia de otros o queremos reclamar una verdadera amnistía intelectual en la que aquellos españoles que se tuvieron que marchar fuera para ver reconocido su talento le perdonen a nuestros gobiernos parte de la deuda que contrajeron con ellos al no valorar su trabajo, ni intelectual ni económicamente.

En la amnistía intelectual los que perdonamos somos los españoles, y los perdonados, los gobiernos. Y son los últimos los que deben reconocer que dejaron escapar un capital muy valioso. Y son los últimos los que deben estar dispuestos a devolverles al menos una parte de lo que les negaron en su momento, y ofrecerles, de ahora en adelante, razones para que merezca la pena quedarse.

Porque devolviéndoles parte de lo que les negaron, nos estarán devolviendo a todos un pedacito de esperanza.

Pero todo ello sin olvidarse de los que aún permanecemos en Shawshank.